Mi infancia tras las rejas

Escrito en 2012 y reescrito en el 2013


“No puede ser / Esta ciudad es de mentira / No puede ser que las brujas sonrían a quemarropa / y que mi insomnio cruja como un hueso / y el subjefe y el jefe de policía lloren /  como un sauce y un cocodrilo respectivamente / no puede ser que yo esté corrigiendo las pruebas / de mi propio elogiosísimo obituario / y la ambulancia avance sin hacerse notar / y las campanas suenen sólo como campanas.

No puede ser / Esta ciudad es de mentira / O es de verdad / y entonces / está bien / que me encierren.

{Fragmento_ Esta ciudad es de mentira. Mario Benedetti}

No crean que no he conocido la sensación de estar tras las rejas,  desde niña esa ha sido la realidad y el primer plano a través del cual veía pasar la vida en mi barrio. En la casa en que vivía cuando tenía 4 años,  jugué con el único vecino que conocí en mi vida a través de las rejas que separaban nuestras casas. Mi parque era el garaje,  mi play la imaginación. Las visitas al Parque de la Paz o al Polideportivo de San Francisco de Dos Ríos se daban solamente en ocasiones especiales,  la primera con mis abuelos donde me tiraba del monte con un pedazo de cartón,  volaba cometas y lanzaba burbujas de jabón al aire y la segunda en diciembre para probar los juguetes de navidad.

Mis experiencias con el espacio barrial se reducían a andar en bici en la acera en frente de mi casa, bajo la estricta supervisión de mi padre,  que casi siempre terminaba en un proceso de negociación para poder cruzar la calle a la acera del frente y expandir la experiencia ciclística. El mensaje siempre era el mismo,  ¡Cuidado con los carros!, los cuales pasaban cada muerte de obispo por cierto.  Era una calle más de paso dentro del barrio. Entiendo la preocupación de mis padres, anticipando el peligro y protegiéndome, pero al mismo tiempo estaban respondiendo a una condición urbana que estaba enfermando nuestras ciudades:  el poderío del vehículo automotor reinaba sobre nosotros los mortales peatones. Siempre y hasta el momento envidio a amigos y familiares que tuvieron una vida de barrio totalmente distinta:  juegos con otros niños,  amigos de barrio,  correr y jugar en la calle una mejenga.  Para mi eso es un cuento fantasioso, casi un mito urbano, como igual lo es para muchos niños en la actualidad.

Mi barrio era mi casa. Recuerdo que después de la escuela, terminaba de almorzar y me sentaba en el vestíbulo que daba a la calle a esperar que algo se asomara furtivamente al otro lado de la rejas de la puerta de entrada. En ocasiones planeaba mi ruta de escape al exterior,  incluso una vez logré sacar mi cabeza a través de las rejas, pero mi cuerpo no se decidió a hacerse más pequeño y dejar me salir de mi prisión infantil.

En mi infancia viví otras cárceles,  igual que muchos de ustedes,  el portón principal de mi kinder y luego de mi  escuela era una reja,  donde afortunadamente a las dos de la tarde permitían horarios de visita para los padres.  Esa ansiedad de poder ver entre el mar de caras, el rostro del salvador,  algunas veces mi madre otras mi padre,  que venia a recogerme para trasladarme a la cárcel donde vivíamos. El dramatismo pudiese sonar extremista o absurdo para aquellos como yo que hemos nacido y vivido en un mundo cercado por rejas y mallas.

Con el paso del tiempo el modo de separar el afuera con el adentro por medio se volvió la norma. Los reto a que encuentren un parque sin malla,  una casa sin rejas. La enfermedad del encierro social se propagó con nuevos síntomas:  rótulos alertando sobre perros bravos,  alambre navaja doble o incluso triple si se podía costear,  alambrado electrificado, alarmas,  combinaciones múltiples de llavines y candados,  y finalmente muros  casi medievales que fortifican y protegen nuestras vidas del peligroso “afuera no solo rodeando nuestras casas sino también nuestros barrios. “

Las ciudades amuralladas y la condición humana de proteger los bienes propios no es un asunto nuevo,  para nada. Pero la gran diferencia es que en esos tiempos el espacio fuera de la muralla era abierto,  libre y de encuentro con las demás personas del pueblo. Caminar y deambular eran actividades placenteras y formaban parte de la vida. Hoy esas actividades se vuelven un calvario, casi un deporte extremo en donde el que llegue con vida de su casa a su trabajo caminando gana la competencia contra una ciudad donde las calles están en mejor estado que las aceras y donde el peatón debe pedir permiso a los conductores para transitar.

La crisis de nuestras ciudades medievales del siglo XXI yace en el abandono y la baja calidad del espacio público. El modelo de ciudad modernista cambió las reglas de juego afectando negativamente las relaciones sociales que en ella se daban, donde como mucho expertos han caracterizado como la pérdida del derecho a la ciudad, diagnosticada con ciudadanos paranoicos y plagados del miedo al afuera y al otro.

A este fenómeno lo llamo el estado carcelario inverso donde a voluntad,  abrumados y cegados por el bombardeo mediático de la inseguridad ciudadana,  diseñamos pequeñas cárceles donde dormir,  trabajar , jugar y estudiar.

Durante un proyecto de recuperación de un parque de San Pedro en el cual estaba trabajando, donde uno de los objetivos de los proyecto era demoler la malla que lo limitaba para transformar ese material en mobiliario urbano,  las reacciones de los vecinos ante tan insólito hecho respaldan el fenómeno carcelario inverso. Al preguntarle a los vecinos porqué se había encerrado el parque con una malla,  estos respondían que era para que los indigentes y drogadictos no pudieran entrar y así hacer el parque más “seguro”. Sin embargo cuando se les preguntaba que si iban al parque,  respondían que no que les daba miedo, una clara contradicción a la razón original de la malla. Recuerdo un vecino que estaba de acuerdo con la existencia de la malla, la cual contaba con unicamente dos accesos, porque le facilitaba el trabajo a los policias de atrapar a los “indeseables”. Tristemente este vecino, así como muchos de ustedes, no consideraban que esta situación podía tener un efecto de inseguridad para quien quisiera disfrutar le parque,  permitiéndole por ejemplo a los asaltantes aplicar la misma técnica que los policías. La cuestión es que muchas veces las decisiones tienen un efecto negativo en el uso del parque,  mientras para unos genera una sensación de seguridad, para los que lo desean utilizar crea un ambiente inseguro. La malla en lugar de salvar al parque lo estaba matando. Meses después cuando finalmente demolimos la malla,  vecinos y transeúntes  que pasaban por el parque manifestaban lo abierto y agradable que era el parque,  el cual nunca había sido considerado así, y en otros casos ni habían percibido su existencia.

Muchas veces me he preguntado porque elegí el rumbo de la arquitectura habiendo poder escogido una carrera más sencilla, menos estresante y mejor pagada. Otras veces cuestionado y reflexionado la razón de intentar mejorar los espacios públicos, una causa perdida para muchos y un último tema en la agenda política nacional. Ahora habiendo reflexionado sobre mis cárceles de vida entiendo la motivación que me alimenta. Quiero sanar a la ciudad, al barrio, al parque; pero màs allá quiero sanar a los ciudadanos de su miedo y liberarlos de su encierro mental y desinterés. La palabra clave que busco es libertad espacial. El como lograrlo se ha vuelto una interrogante desde mis dos profesiones,  arquitectura y docencia.

Aquellos que han tenido la oportunidad de viajar al extranjero,  y visitar ciudades cono Medellín,  Dinamarca o Italia reconocen que la experiencia de la ciudad se dio en las calles, ahí afuera donde acá les da miedo salir.  La razón detrás de ello está en la calidad de sus parques,  en la priorización de los espacios peatonales y el hermoso paisaje natural y construido que ameniza nuestros recorridos.

Tenemos que darnos cuenta que todos estamos viviendo una condena de “casa por cárcel” y les propongo que reflexionen sobre las oportunidades que estamos perdiendo viviendo encerrando el adentro y espantando el afuera.

Nuestra meta como ciudadanos,  arquitectos y políticos debe ser sanar la ciudad, invirtiendo en espacio público de calidad,  cercenando los derechos del vehículo y priorizando la ciudad de encuentro y placer. Yo por mi parte pretendo hacer algo que reinvindique mi infancia tras las rejas, espero que usted,  lector y compañero de celda, también.

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